Reyes y reinas

Día de reyes, 2011.  

No hay que ponerse triste. Es navidad.
¡Hoy es el día de reyes! Regalos, y más regalos, y dinero por todas partes, y comida y roscón. Y casa de los abuelos. Besos, dejamos las chaquetas y voy a ver al abuelo. Está tumbado en la cama y le están dando de comer. No me reconoce, pero hablarle siempre es bueno y se ríe si escucha mi voz, si le toco la carita, si le doy un beso. Tiene ochenta y pico años y tiene todo el pelo en la cabeza, qué cabrón, espero haber heredado parte de esos genes. Y le pregunto si quiere turrón, y  le digo que voy a empezar exámenes, que me tiene que desear suerte, que si no… Y me voy al comedor. La abuela está empezando a andar con el andador, mis tíos y mi padre cogen chaquetas y hacen como si la torearan, qué grandes son y qué bueno es tener sentido del humor. Y pasamos la tarde y ya son las nueve, toca irse a casa de los primos. Y ya subiendo al coche me doy cuenta de que me he olvidado la chaqueta y subo arriba. Y la abuela está llorando en la silla de ruedas, y no se oye nada más en toda la casa que su llanto. Y entro en el comedor y la abrazo, y me pide que la lleve a ver al abuelo. Y muevo la silla de ruedas (que pesa un cojón, por cierto) y la pongo al lado de la cama del abuelo, que nos mira con los ojitos abiertos, sin una pizca de racionalidad en ellos. Es un bebé. Y mi abuela le coge la mano y mi abuelo le gruñe. ¡Que la tengo malita, hombre! Y mi abuela sigue llorando, y me mira. Y se le ve toda la vida en los ojos, y no le puedo decir nada, porque sólo tengo dieciocho años y esas situaciones me superan. Abuela, lo has hecho todo bien, pero la vida es así. ¿La vida es así? Me dicen eso a mí y lo atropello con la silla de ruedas. Me callo y la abrazo. Me agacho al lado del abuelo. – Oye, señor Motilla, tienes que aguantar cinco añitos más, ¿vale? Total, aquí tumbado tampoco creo que te cueste mucho… Cinco años más, y yo habré acabado la carrera y te podré curar, te lo prometo. Dame un besito.

Y levanta la cabecita y te da un besito en la mejilla, porque se lo tiene aprendido. Y le doy otro beso a la abuela mientras pienso en cuánto le costará ponerse la careta los domingos y volver a la misma mierda de lunes a sábado. Y salgo del cuarto y bajo las escaleras. Que dónde estabas y que por qué has tardado tanto. Que no encontraba la chaqueta, hombre. ¿Te vas en el coche de los tíos y ponemos aquí los regalos? Claro que sí. Y llegamos a casa de los primos, y somos más de veinte. Y más regalos, y cena y resopón. Y a casa a dormir.
A dormir, sabiendo que una de las personas que más me quiere en el mundo está más triste de lo que puedo llegar a entender yo y, probablemente, de lo que pueda comprender cualquier persona. Y sabiendo que la otra persona que más me ha querido no se acuerda de que lo ha hecho. Ni de quién soy, ni de quién es toda la gente que ha ido a verlo esta tarde, ni de quién es esa extraña que llora a su lado.
Y probablemente se duerma mirándola, con la tranquilidad de quien sabe que está acompañado.
Y probablemente ella se duerma llorando, haciéndose las típicas preguntas tristes desesperadas que se hace el que sufre en silencio.
Y probablemente yo me duerma llena de rabia y de ganas de cambiar el mundo, empezando por el suyo.
Creo que voy a empezar a estudiar en serio si quiero poder curar al señor Motilla.