Navidades que queman

Ayer, el día de navidad, falleció mi abuela. Y os voy a explicar unas cuantas cosas.

La cena de nochebuena fue de las más ricas que hemos tenido, todo cocinado para nosotros. Sacamos la vajilla con los bordes de oro, los cubiertos de plata. Mi abuela sedada en el hospital. Lo único que pensaba era en que no estaba ella para hacerme su sepia a daditos, ni para dejar que me escaquease sin poner ni quitar mesa, ni para hacerlo todo aunque todos le dijésemos que se estuviese quieta. Luego me fui de fiesta, no fui capaz de quedarme en casa e irme a dormir. Sólo supe que echar de menos el dormirnos todos juntos en su casa viendo algún programa malo en la tele mientras comemos turrón. Luego desaparecí. Me borré del mapa hasta que me llamaron para decirme que volviese a casa, que ya había pasado y había que organizarse, ir al tanatorio, comer en navidad. Pasé por casa primero, Papá Noel nos había traído una tablet a cada una. Fui a casa de mi otra familia. La comida la habían preparado mi tía, mis primos y mi hermana, y os juro que no podía estar más rica. Le di mil besos a mi abuela “sana”, me mimaron mis primos pequeños, que demostraron ayer ser ya unos casi adultillos, me abrazaron todos mis tíos. Luego nos dieron las estrenas. Este año puedo decir que no sé cuanto me han dado. Luego fuimos al tanatorio. Lo demás, si habéis pasado por esto, ya lo sabéis.
Hoy he leído una carta a ella en la ceremonia. He estado tentada de empezar con un “Feliz Navidad a todos” pero he decidido dejar el humor negro para mi cabeza. Y eso es todo.
Ayer mi padre dijo que era una putada que hubiese pasado el día de navidad, yo contesté que era el mejor día, porque lo había podido pasar con la gente que más me quiere y me habían hecho sonreír cuando parecía imposible.

Todo esto para deciros, a mis lectores ocasionales, que cambio todos los regalos que vaya a recibir cada navidad por poder seguir pasándola en compañía de los míos, porque resulta que un día los pierdes y te das cuenta de que solo era navidad con ellos.
También os digo que daría todo lo que pudiera dar por pasar un día más con ella, pero eso ya os lo podéis imaginar.

A ti te digo lo mismo que al final de la carta, por si no lo has entendido entre mis lágrimas:

“Has hecho que mi futuro sea algo que merece la pena vivir. Quédate a mi lado para verlo, por favor.
Te quiere, tu nieta pequeña.

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