Y escribirte al oído lo loca que me vuelves.

Te voy a escribir media noche de sexo y media noche de besos. Te la voy a escribir porque la tengo en la punta de los dedos y necesito sacarla por aquí antes de utilizarla para otra cosa. Hacía mucho que no me perdía de esta manera entre mi imaginación y mis manos pensando en una persona en concreto; En una mirada fija, en unos labios mordidos que ya me sé de memoria, en media sonrisa atrevida, en unas manos que saben tocarlo todo menos el piano. Yo les enseño a Ludovico por mis costillas y por mi columna vertebral, si quieres. Y si no quieres también. Yo les enseño y tú me enseñas; Me faltan ritmos, ya lo sabes. Más rápido, y más, y más, y más. Más lento. Y qué calor hace hoy. Lleva haciendo calor desde que te vi por primera vez. Y ahora te tengo aquí, sudando entre mis sábanas, y sólo quiero más. Comerte más, acercarte más, apretarte más, besarte más. Otra vez. Y otra. Y escribirte al oído lo loca que me vuelves, lo que te quiero a veces sin conocerte, lo que te quiero conocer, lo que te quiero hacer, lo bonita que estás desde aquí, con el pelo mojado por el sudor y con tu espalda pegada a mí. Y tocarte bajito, para no despertarte la paz de después. Cuidarte el sueño y dejar que cuides del mío. ‘’Dejar que me cuides’’… me suena raro hasta escribirlo. Llevo demasiado tiempo jugando a no ser yo, pero te veo sonreír y se me quitan las ganas de llevar ventaja, no me apetece jugar más. Porque esta noche, mientras me quitabas la ropa con la prisa de las ganas que no nos tenemos, has debido arrancar también parte de la coraza que llevo puesta.
Y está en el suelo, mezclada con tu ropa interior.
Y yo estoy en la cama, mezclada con tu piel y tu sudor.
Y, ¿la verdad? Me parece un cambio cojonudo.

No te permito hablar de puntos y seguido, o puntos y aparte. Nada que implique cualquier pausa de más de dos segundos contigo.

Te permito unos puntos suspensivos, de interrupción, de que me he liado a besarte y se me ha olvidado lo que te estaba diciendo.

Te permito dos puntos, de que me voy a poner a decir todo lo que me gusta de ti.

O comas.

Sí, mejor comas.

Porque en cuanto te descuides,

te

voy

a

comer

entera.

Gracias a tus mariposas

 

Y mi única salida
fue convertir en arte
el dolor que suponía
aprender cómo olvidarte.

Y empezó a nacer poesía
que con algo de sus ojos
fue alegrándome los días
y quemando los rastrojos
que quedaban,

que quedaban de semanas
en las que antes de dormir
te recordaba en mi cama
sonriendo,

sondiréndome desnuda
comiéndome con los ojos
mientras me quedaba muda

pero ahora, no me acuerdo de su brillo
sé que eran muy azules
pero no los siento míos
y me cuidan,

me cuidan otras pupilas
que cada vez que sonríen
consiguen que yo sonría

Y lo siento,
pero ya en vez de borrarte
crean nuevos sentimientos
que apartan los de olvidarte

Y me tapan,
me tapan cuando es de noche
y me quedo hasta las tantas
contemplándola en su coche

y son sus ojos,
los que miro cuando duermo
aunque no la tenga al lado
y me pudra en el infierno
por pensarla,

por pensar en su mirada
que aunque aún no sea mía
y se la cuide callada

me convence,
de que puedo sentir cosas
he perdido a mis demonios
y han sido sus mariposas

y me gusta,
me gusta que me dé miedo
porque eso significa
que puedo tocar el cielo

con sus dedos,
que me levantan del suelo
que me tocan,

que me tocan
y me muero.

Su poema favorito (pero tú)

 

 

Me han abrazado tan fuerte
que he llegado a asfixiarme
y a ahogarme de amor,

estoy tan perdida
que ya no distingo el camino bueno del malo.
Me he cansado,
de conducir
y mirar al lado
y no ver a nadie.

Me he cansado de querer siempre de espaldas,
mirando hacia atrás,
o hacia abajo,
sintiéndome siempre un paso por delante.

Pero últimamente… Qué quieres que te diga,
te veo sonreír
y se me quitan las ganas de llevar ventaja.

Voy caminando,
y cada vez que miro a un lado
estás tú, a mi altura.
Y mira que me dan miedo,
las alturas,
digo,
pero vistas de la mano contigo
mantienen a mi vértigo a raya.

Y conduzco, y te llevo delante,
porque siempre sales antes,
pero también te llevo de copiloto,
cambiándome frecuencias,
rompiéndome esquemas,
y ya,
ya sé que no soy ningún suelo firme para sostener a nadie
(y nunca voy a serlo)
ni quiero.
Soy unas arenas movedizas
y te estoy pidiendo
que te hundas en mí,
que dejes de respirar un rato
y salgas de todo esto que,
a veces, es tan normal que me aburre.

Pero tú.

Pero tú no.
Eres lo más alejado que existe
de una zona de confort,
mi estómago te reconoce a kilómetros,
y hay veces que me entiendes tanto
que creo que cuenta como polvo.

No creo en los errores que se convierten en acierto,
creo en los aciertos que llegan a destiempo.

Y tú
dices que soy inoportuna,
y yo,
cada vez que te veo,
creo que he encontrado la oportunidad de mi vida.

Y me he quedado colgada de tu forma de dudar,
de tu manera de no llegar nunca la primera,
de no llevar pulseras,
sólo gomas de pelo.

Y estamos bailando en una fiesta
con demasiada gente invitada,
y todo el mundo va hasta el culo de normalidad,
y la única droga que me he metido yo
son dos sonrisas
que le he robado al yonkie
que lleva detrás de tus ojos
toda la noche.

Y con esa dosis de ti
aguanto hasta el final.
Porque yo he sido siempre de las que ven amanecer
entre alcohol y sueño.

Y quién sabe,
si quedamos sólo dos al final de la rave,
y me colocas,
y te coloco,
en el sitio donde tenemos que estar
desde hace tiempo,
tumbadas en algún poema
entre mis manos
las tuyas
tus canciones
y mis versos.

Tenías que aclararme la poesía

Tendría unos trece años la primera vez que leí a Neruda. No lo entendía. Nunca lo entendía.
En tecero de ESO recité el poema número veinte; ”Puedo escribir los versos más tristes esta noche…”. Era (y es) mi poema preferido en el mundo. Me encantaba, me embobaba, me ponía triste y feliz al mismo tiempo. Creo que me enamoré de un poema, pero no lo sabía.
Intentaba entenderlo, lo leía y lo releía, lo captaba. Este tío la quiso, ¿sabéis? La quiso mucho. Y ya no. Pero se acuerda, y puede ponerse melancólico si quiere y escribir cosas tristes, porque la quiso mucho. Y le jode mucho también que la toquen otros. Porque claro, ”es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Tiene sentido.
Eso era mi mente a los quince. Pero siempre me quedaba enganchada en un verso: el número 25 o 26, creo, que dice: ”Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.”
Mi cabeza explotaba. Recuerdo que pensaba que a lo mejor era una errata del libro donde lo leía, inocente yo. No tenía sentido. Seguía sin tenerlo a los veinte y a los veintiuno. Dos versos más arriba acababa de decir que ya no la quería, pero que la quiso mucho. Y ya no la quiere, es cierto, ¿pero tal vez la quiere? No lo entendía.

Y ahora sí. Ahora ya. Tenía que perderla, ¿sabéis? Tenía que quererla y dejar de quererla. Y olvidarla. Y recordarla. Y volver a quererla. Y volver a tenerla. Y volver a alejarme, y volver a quererla, y perderla, y recordarla. Tenía que vivirla para entender el poema. Mi poema. El principio de toda mi poesía (guardando distancias con El Lagarto y La Lagarta). Tenía que saber cómo de largo es el olvido, aunque el amor haya durado treinta días. Tenía que aprender a sobrevivir con un alma que no se contenta con haberla perdido. Tenía que saber que no la quiero hasta que la tocan otros dedos, que vuelven las dudas.
Las putas dudas.
Tenía que entender el puñetero verso 25 del puñetero poema 20 del puñetero Neruda.

– Tenía que no quererte, amor. Porque ya no te quiero, es cierto, pero tal vez te quiero. O no. O sí. Tenía que sentirlo.
Tenías que aclararme la poesía.-

Y eso es ella. La que me quiso. A la que, a veces, yo también quería. A la que quise. La que, a veces, también me quería.
Es tan corto el amor y tan largo el olvido.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla,
la noche está estrellada y ella no está conmigo.
Aunque aún no sepa cuál es el último dolor que ella me causa
ni si estos son los últimos versos que yo le escribo.

http://www.neruda.uchile.cl/obra/obra20poemas5.html