A dudas penas.

Ese momento en el que encuentran el coche hecho un acordeón y algunos trocitos de ti. Y llaman a tu familia, y poco a poco se va expandiendo la noticia. El 95% de las personas piensan que en parte es normal, que conducías fatal, que siempre ibas distraída, que a las 8:30h de un miércoles vete tú a saber lo dormida que estabas, o si le estabas haciendo una foto al amanecer porque el naranja era un tono más cálido que el de ayer, o si estabas pasando las canciones que no soportas del pen que tú misma te hiciste.Pero el 5%. Ese 5%. Esas diez personas que te conocen mejor que nadie, que conocen tu cabeza, que te ven venir, que conocen bien el hoyo en el que te has montado un campamento, que saben que tu forma de conducir tiene más que ver con tu manera de vivir que con temeridad.

Esas personas, durante unos segundos, piensan: Miércoles. 8:30am. Ha dormido poco, le cuesta más controlar. Va conduciendo, con la música fuerte, mirando a la carretera, al móvil, a los coches de alrededor, cambiando de canción, cantando, murmurando, sumando matrículas, controlando el cuenta revoluciones, pensando en A, B, C y D, y en si A y B, y en “y si C…” y qué rabia D, y eso le recuerda que F, y que J y K. Y pum, pum, pum, pum, pum, pum. Y de repente lo ve. Le viene de cara e invade su carril. Y sus manos van a dar volantazo, pero durante un segundo duda: Y si… ¿No? Sería más fácil. Ni A, ni B, ni C, ni D, ni mucho menos J. Ni música, ni amanecer, ni revoluciones, ni levantarse de, o acostarse con, ni cancelar, ni confiar, ni permanecer, ni culpa por, ni castigo para, ni pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Silencio. ¿Y si…? 

Pero no. No. Ni de coña. Eh, que no. Y da el volantazo, claro que sí. Lo da, la conozco. Lo da. Lo da.

Un segundo demasiado tarde, pero lo da.

Claro que lo da.