Your backup.

Tu espalda.

Con el <<tu>> de posesivo.

De que es tuya.

Para dormirte encima,

para usarla de muro de contención,

para cargar tus días malos,

para besarla desde la nuca hasta mañana.

Tu espalda,

para abrazarte a ella cuando el mundo te la dé;

para arañarla,

morderla

y usarla.

Para decirle bajito lo que nunca me dices a la cara.

Tu espalda.

De que es tuya.

De que la cojas sin avisar

y la sueltes cuando quieras;

de que sepas que,

si te acercas lo suficiente,

es un escudo imbatible

entre el mundo y tú. 

Ojalá estuvieras aquí

Me voy a romper un poquito, te aviso ya.

Tengo la cabeza de mi perro apoyada en mis piernas, me ha visto así tantas veces que aún no sé cómo sigue creyendo que soy un sitio estable en el que tumbarse a dormir. Será amor, o ingenuidad, o sueño.

Nunca he sabido explicarte esto, y por eso digo que aún no me conoces. No son nervios, ni es química, ni es vacío. ¿Qué vacío? Si estoy llena de serpientes. Las tengo por todo el corazón, reptando entre aurículas y ventrículos, me lo aceleran y lo llevan al límite, hacen que mi sangre se quede corta (por eso siempre tengo los pies fríos cuando me meto en la cama contigo).

Bajan por la aorta y llegan al estómago, y joder, yo que creía que eran mariposas, pero las mariposas no muerden, ¿no? Luego suben y de camino a mi cabeza, se paran en la tráquea.

Son ellas, las que hacen que esté afónica aunque no haya abierto la boca en dos días, las que provocan el nudo en la garganta que no me deja decirte que ojalá estuvieras aquí. Porque, créeme, ojalá estuvieras aquí.

No te voy a contar cómo se siente. No quiero que sepas cómo muerden, ni cómo sisean, ni que he aprendido a hablar Pársel, porque sé que no te gusta demasiado Harry Potter.

No te voy a contar lo que hacen cuando llegan a mi cabeza, y ojalá que nunca lo descubras, y si lo descubres, ojalá que nunca lo soportes, y si lo soportas, ojalá que no te quedes a mirar; que a mí el Zoo me ha parecido siempre un lugar muy triste.

Lo que sí te puedo contar es el miedo que te tienen. Lo lentas que se vuelven sólo con escuchar tu nombre. Cómo se les seca el veneno cuando me quitas la ropa, o cómo se quedan durmiendo – ellas- cuando yo me levanto contigo.

Así que, por favor, entiéndeme cuando te digo que no me importa bajar a tus infiernos, que después de esto, de que se abra la compuerta y me invada el frío, me parecen el lugar más cálido en el que encontrarme.

Entiéndeme, cuando te digo que estoy triste y no sé el motivo, 

que hoy no me soporto ni a mí,

pero que ojalá estuvieras conmigo, 

y que, serpientes, con permiso:

Ojalá tú estuvieras aquí.

Golfito.

A mí me gustan las personas que son como mi coche en un día de mierda:

me meto en él y veo cómo las gotas empapan las lunas y escucho el toc-toc-toc en el techo y la gente pasa a mi lado mojándose y puteada y yo estoy dentro, calentita, escuchando música y rodeada por un campo de fuerza protector.

A mí gustan las personas que son como mi coche porque me hacen sentir a salvo al mismo tiempo que son capaces de poner mi estómago a 140km/h y llevarme a cualquier otra parte, como Dorian.

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A mí me gustan las personas que son de segunda mano y no les importa una mierda, que dejan que Dexter se suba encima, que les cuesta arrancar y que tienen la frenada demasiado dura, que escuchan la música a nivel de perforación timpánica y que, aunque estén un poco desordenadas, son un lugar perfecto donde quedarse a dormir.

A mí, por lo general,
me gustan las personas,
pero si se parecen a mi coche,
me gustan más.

Temazo.

Conocerte fue como cuando en un concierto escuchas los primeros acordes de tu canción favorita, te recorre una descarga eléctrica , pegas un grito y levantas los brazos señalando al escenario mientras miras a tu colega diciéndole con los ojos: “Es esta!! Es esta!!!” justo antes de empezar a pegar saltos.

Que te vayas.

Que he querido ir detrás de ti y me has tapado tanta luz que no sé cómo no me caí antes;

que aún queriendo que me busques hago lo posible por que sepas que no quiero que me encuentres nunca más;

que estoy tan acostumbrada a echarte de menos que me cuesta diferenciar este final de cualquiera de tus ausencias;

que irte cuando más te necesitaba ha sido retarme a olvidarte para recordar que me quiero más que tú;

que has conseguido que me traspase tu alma de hielo y ahora no sé si tiemblo de tristeza o de frío;

pero, sobretodo, que ojalá no estuvieras aquí, dentro de mí,
como un grito constante que no puedo callar y que no me deja pensar en nada que no sea en abrazarte, una vez más, para conseguir que te calmes y te duermas,

y con ese silencio de ti,
conseguir dormir yo.